La oscuridad de los túneles del metro de Nueva York no estaba vacía. Estaba viva con el silbido de válvulas y el calor de calderas invisibles.
Valeria bajó su lanza sónica, pero mantuvo el dedo cerca del gatillo.
De las sombras, emergieron figuras vestidas con pesadas gabardinas de cuero remendado y máscaras de gas de latón.
No portaban armas láser, sino ballestas de presión y rifles de pólvora negra.
Habéis traído el olor del silicio con vosotros dijo la voz áspera que los había interceptad