El puerto de Valencia respiraba con un estruendo metálico y el olor a salitre oxidado bajo un cielo cubierto por una calima asfixiante.
Valeria Miller observaba el movimiento de las grúas pórtico desde el interior de una furgoneta de vigilancia, sintiendo que su brazo izquierdo vibraba con una frecuencia que solo ella podía percibir.
No era un temblor de debilidad, sino la reacción de los filamentos sintéticos en su sistema nervioso ante la proximidad de una señal de alta frecuencia que emana