El amanecer sobre Madrid traía consigo una claridad que Valeria Miller no sentía desde hacía un lustro.
Aunque su cuerpo seguía siendo una prisión de músculos atrofiados y articulaciones rígidas, su mente operaba a una velocidad que los médicos consideraban milagrosa para alguien que acababa de despertar de un coma profundo.
Valeria sabía que cada enfermera que entraba en su habitación y cada sensor conectado a su pecho eran ojos y oídos de Alejandro de la Cruz, por lo que su primer acto de r