El aire en la habitación de la clínica privada parecía haberse espesado, cargado con una anticipación que hacía que los monitores cardíacos de Valeria Miller emitieran un pulso acelerado.
Ella se había vestido con una bata de seda azul, ocultando con elegancia la delgadez de sus brazos y las marcas de las agujas, decidida a no proyectar la imagen de una enferma ante su hijo.
Valeria se sentó en el sillón junto a la ventana, practicando la respiración profunda para calmar el temblor de sus man