El primer sonido que registró Valeria Miller no fue el estruendo de una explosión digital ni el zumbido de una red neuronal, sino el goteo rítmico y exasperante de una bolsa de suero.
No había luz dorada, solo el resplandor blanco y estéril de una unidad de cuidados intensivos en el corazón de Madrid.
Intentó abrir los ojos, pero sus párpados pesaban como si estuvieran sellados con plomo, y su garganta ardía con la presencia invasiva de un tubo de plástico que le impedía respirar con libertad