El aire en el salón de plenos de la Casa De la Cruz estaba viciado, cargado con el aroma a madera vieja y el rancio perfume de una aristocracia que se negaba a aceptar su obsolescencia.
Sebastián de la Cruz entró en la estancia con la mirada fija al frente, ignorando los murmullos de los deanes y consejeros que lo observaban como si fuera un traidor a la corona.
En sus manos sostenía la carpeta negra que Valeria le había entregado la noche anterior, un documento que no contenía propuestas de