capitulo 78

El amanecer se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo, tiñendo la habitación de un dorado mortecino que no lograba disipar la tensión que flotaba entre nosotros. Me puse en pie, sintiendo el roce de las sábanas de seda contra mi piel desnuda, un recordatorio táctil de la rendición que Damián había mostrado apenas unas horas antes. Él seguía allí, sentado al borde de la cama, con la cabeza entre las manos y los músculos de la espalda tensos, como si esperara que el techo se desplomara

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