capitulo 79

La luz de la luna, esa misma que antes me parecía un juez implacable, entraba ahora por el ventanal del gran salón como una aliada silenciosa. El aire estaba cargado con el olor a cera quemada, incienso y ese aroma masculino, terrenal, que emanaba de Damián. Era una mezcla de cuero y tormenta que solía hacerme temblar de miedo, pero que ahora solo lograba encender una chispa de anticipación en el centro de mi pecho.

Él estaba allí, de rodillas en el centro de la alfombra
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