capitulo 77

El silencio en el despacho de Damián era tan denso que casi podía palparse, roto solo por el crepitar de la leña en la chimenea y el eco de mi propia respiración, que luchaba por mantenerse serena. Habían pasado años desde que este mismo hombre me expulsó a las sombras, rompiendo nuestro lazo con una frialdad que me dejó el alma en carne viva. Ahora, las tornas habían cambiado. Yo no era la loba herida que buscaba refugio; era la mujer que sostenía el destino de su manada entre mis manos.

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