El frío de las cadenas de luz esmeralda se filtraba en mis huesos, pero nada dolía tanto como ver a Damián colapsado a mis pies. La punta del cetro de Silas rozaba su pecho, justo encima de su corazón, y podía ver el vapor del sudor y la sangre de mi Alfa elevándose en el aire gélido del salón del trono. Silas me miraba con una victoria prematura bailando en sus ojos, una lascivia de poder que superaba cualquier deseo carnal.
—Elige, Lia —repitió mi padre, su voz resonando con una crueldad qu