El sabor a victoria en mis labios era amargo, mezclado con el hierro de la sangre y el aroma a ozono que dejó la derrota de Silas. Estaba sentada en los restos de piedra del trono, con las piernas colgando y el cuerpo temblando por el esfuerzo de haber contenido el vacío. Damián estaba entre mis muslos, su rostro hundido en mi regazo mientras sus manos, marcadas por el fuego negro, se aferraban a mi cintura con una fuerza que buscaba confirmar que yo seguía siendo de carne y hueso.
La lascivi