El nombre de su hermano vibró en el aire como una bofetada de escarcha. Damián se quedó paralizado, su mano aún entrelazada con la mía, pero el calor que emanaba de su piel se transformó en una rigidez gélida. La mujer de ojos grises sostenía el pergamino con una insolencia que solo los heraldos de la muerte poseen. El eclipse se retiraba, dejando tras de sí un amanecer de plata sucia que iluminaba las ruinas de la Ciudad Sumergida.
—Kael... —la voz de Damián fue un susurro roto, un sonido qu