La oscuridad del eclipse no era un vacío, era una presencia. Bajo el cielo negro, el abismo que se abría a nuestros pies revelaba las agujas de la ciudad sumergida, un laberinto de obsidiana y hielo que parecía respirar. La corona de espinas líquidas en mi frente pulsaba con una luz violeta errática, sincronizada con el susurro que ahora taladraba mi cráneo, una voz de mil años que me llamaba "receptáculo".
Damián me sujetó por la cintura con una fuerza que estuvo a punto de hacerme perder el