Cerré los ojos y dejé que el Corazón de la Montaña se abriera. Ya no era solo una reserva de energía; era una puerta. Sentí que la corona de espinas líquidas se expandía, enviando zarcillos de plata hacia el corazón de Damián. El vínculo, que antes era una cadena de acero, se transformó en una red de luz estelar que nos envolvía a ambos. El placer del intercambio fue abrumador, una descarga de adrenalina y magia que nos hizo jadear al unísono.
En ese momento de unión absoluta, tuve una visión