El aire en la plaza de la Ciudadela hervía, pero no era el calor reconfortante de una hoguera de invierno. Era un fuego blanco, estéril y despiadado que amenazaba con vaporizar la escarcha rúnica que yo había tardado horas en tejer sobre los muros. Frente a nosotros, Cassian permanecía suspendido como un dios de mármol y llamas, pero mi mundo entero se había reducido a la figura que acababa de emerger del resplandor de mi medallón.
—¿Madre? —mi voz se quebró, perdiendo por un instante la auto