capitulo 55

El acero de los Caballeros del Invierno relucía con una luz que no procedía de este mundo. Era un azul abismal, una promesa de muerte que hacía que el aire en la plaza de la Ciudadela se cristalizara antes de tocar el suelo. Estábamos rodeados, heridos y con la sombra de mi madre aún vibrando en mis nervios como un veneno dulce. Pero el peso de la mano de Damián en mi cintura era lo único que me impedía dejarme llevar por el cansancio.

—No son lobos, Lia —gruñó Damián. Su voz era un trueno ba
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