85. LA VERDADERA CLÍO

Tomé una bocanada de aire y bajé las manos de su rostro, sosteniéndolas entre las mías. Las apreté con firmeza.  

—Primero, deja de castigarte por algo que no está en tus manos —dije, haciendo que me mirara—. Y segundo, deja que te cuide. No solo como Alan, no solo como alguien que está aquí para ti. Déjame cuidar de todo lo que te pesa. No tienes que enfrentarte sola a esto, Clío.  

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