Kael
La sangre nunca desaparece de las manos. Puedes lavarlas mil veces, puedes sumergirlas en agua hirviendo hasta que la piel se enrojezca y se ampollé, pero la sangre permanece ahí, invisible para todos excepto para quien la derramó.
Contemplo mis manos bajo la luz mortecina del amanecer que se filtra por la ventana de mis aposentos. Están limpias. Inmaculadas. Pero yo sé la verdad.
El rey ha caído. La guerra ha terminado. Y yo soy un asesino.
No fui yo quien empuñó la espada final, pero fui