A pesar del rechazo de David, Soledad seguía con su natural algarabía; danzaba y cantaba mientras iba por los establos, iluminando con su presencia el lugar.
Conforme a las instrucciones de David, Soledad cumplía sus tareas todos los días, a pesar que su ausencia llenaba la casa de un frío que le carcomía los huesos. Como acordaron, se quedó en la casa de David para sus clases y Gustavo le acompañaba en las noches hasta el patio de la casa principal, cuando ella estaba en la casa de David, preparaba su comida y hacía todos sus trabajos pendientes con el mismo esmero que David lo hacía cuando estaba ahí.
Pasaron lentos los días y la semana llegó a su fin. El día que le tocaba salir con los caballos, Soledad desbordaba alegría, pensando que por fin volvería a ver a David. Eran las ocho de la mañana cuando Soledad llegó a los establos. Gustavo y tres ayudantes estaban subiendo los caballos e implementos a un camión enviado por David. Ella corrió con la esperanza de verlo, saludó co