Con el paso de los días, Soledad lucía más animada, con un semblante fresco y lozano. Cada mañana despertaba a las cuatro y media, tomaba algo ligero y se iba a los establos. La mayor parte del trabajo la realizaban Gustavo y David, pero ella, siempre alegre, estaba todos los días dispuesta a cooperar.
Al finalizar el trabajo conjunto, Soledad y David solían competir con sus caballos para llegar al río. Luego de un paseo refrescante, Soledad iba a la casa de David a conectarse con sus clases virtuales. Pasaba horas en trabajos e investigaciones, a veces cansada se dormía sobre el escritorio, era el precio a pagar por alcanzar sus sueños.
David solía preparar personalmente su comida y compartirla con Soledad. A media tarde, regresaban a los establos para entrenar dos horas seguidas a los caballos. Su tiempo juntos se iba volviendo cada vez más fuerte, aunque muchas veces ella se preguntaba sobre la esposa de David y no se atrevía a exponer sus dudas. Una tarde, después del entrenami