Soledad acomodó sus pertenencias en los roperos, luego se tiró en la cama y, llevada por el cansancio, durmió toda la tarde. A las siete y diez, el disc-jockey probando el sonido la despertó. Ella abrió de golpe los ojos, sacudió la cabeza y buscó el interruptor para encender la luz.
Pequeños golpes llamaron a su puerta. Era Gustavo preguntando si podía entrar. Ella autorizó su entrada y él ingresó con una charola de comida.
—Le traje algo de comida, espero que esté a su agrado. —Con un nudo en el estómago que no le permitía tener hambre con desgano agradeció, Gustavo intentó animarle —¿Va a salir esta noche?
Soledad suspiró entrecerrando los ojos, la salida de la finca le tenía con los sentimientos a flor de piel.
—No, desde aquí veo perfectamente el escenario y los fuegos artificiales, ahora voy a comer y luego saldré al balcón.
Gustavo respiró aliviado, tristemente sonrieron los dos.
—Bueno, con eso me quedo más tranquilo, me retiro para que cene en calma.
A pesar de