Soledad acomodó sus pertenencias en los roperos, luego se tiró en la cama y, llevada por el cansancio, durmió toda la tarde. A las siete y diez, el disc-jockey probando el sonido la despertó. Ella abrió de golpe los ojos, sacudió la cabeza y buscó el interruptor para encender la luz.
Pequeños golpes llamaron a su puerta. Era Gustavo preguntando si podía entrar. Ella autorizó su entrada y él ingresó con una charola de comida.
—Le traje algo de comida, espero que esté a su agrado. —Con un n