William y Soledad en la casa acomodaron a Priscila en su habitación, esperaron que se durmiera y salieron sin hacer ruido a su alcoba. El click en la puerta les dijo que estaban en su espacio, solos dentro de su propio mundo, se tenían el uno al otro, no había más. Soledad soltó su largo cabello. William la abrazó con fuerza y aspiró el aroma a jazmines y mandarinas que emanaba de su cabellera frondosa y ella se giró suavemente buscando sus labios. Él esquivó el beso y susurró a su oído:
—Debemos esperar a casarnos.
Soledad le mordió el lóbulo de la oreja y respondió con la voz entrecortada.
—Tramposo: me emocionas y ahora quieres escapar.
William acarició su piel bajo la blusa, llevando sus dedos lentamente al filo del sujetador. Una sonrisa coqueta escapando de sus labios, con la voz ronca, siguió su juego.
—Puedo denunciar que quieres abusar de mí.
Soledad con el calor inundando su cuerpo contestó con sutileza.
—Si me llevan presa, tendrás que tomarte mucho tiempo para la visita co