William y Soledad en la casa acomodaron a Priscila en su habitación, esperaron que se durmiera y salieron sin hacer ruido a su alcoba. El click en la puerta les dijo que estaban en su espacio, solos dentro de su propio mundo, se tenían el uno al otro, no había más. Soledad soltó su largo cabello. William la abrazó con fuerza y aspiró el aroma a jazmines y mandarinas que emanaba de su cabellera frondosa y ella se giró suavemente buscando sus labios. Él esquivó el beso y susurró a su oído:
—Debem