Saúl, en el carro, iba rememorando el caótico día mientras sonreía. Puso en el estéreo la música que Isabella solía escuchar y la iba coreando. Mientras esperaba que cambiara un semáforo, vio una joven vendiendo rosas. Saúl abrió la ventana y le dijo:
—Deme todas.
La joven llegó con veinte rosas en sus manos y se las entregó sonriendo, cobró y se despidió con la mano.
Saúl llegó a la mansión y recordó las fiestas que celebraron ahí antes que Ángel le pasara la mansión a Soledad como regalo de