Saúl, en el carro, iba rememorando el caótico día mientras sonreía. Puso en el estéreo la música que Isabella solía escuchar y la iba coreando. Mientras esperaba que cambiara un semáforo, vio una joven vendiendo rosas. Saúl abrió la ventana y le dijo:
—Deme todas.
La joven llegó con veinte rosas en sus manos y se las entregó sonriendo, cobró y se despidió con la mano.
Saúl llegó a la mansión y recordó las fiestas que celebraron ahí antes que Ángel le pasara la mansión a Soledad como regalo de bodas. Suspiró viendo lejos aquella época, pero se sentía más liviano. Entró y apenas parqueó, salió Isabella a saludarle. Se dieron un abrazo, luego él fue al auto y sacó las rosas. Al entregarlas vio la sonrisa y el hoyuelo dibujado en la mejilla de Isabella. Viéndola tan alegre, le contó el motivo de su retraso. Ella pensó que Saúl estaba en problemas, pero él le dijo que Anthony tenía otras prioridades. Ante las preguntas de Isabella, Saúl se vio obligado a contarle todo y, cuando se dieron