Saúl extrañaba la presencia alegre de Isabella en el restaurante; incluso tarareaba las mismas canciones para sentirla más cerca. Todas las noches iba a visitarla y, de paso, repasaban la materia. Él se sentía más tranquilo después de que fue despedida del restaurante y contratada por Soledad, porque ella se concentró en estudiar y cuidar de sí misma.
Como cada martes, el día empezó normal. La nueva limpiadora se unió al grupo de trabajo y se sentó a revisar su celular.
Marlene, en cambio, estaba atenta; sabía que su deliberada filtración de información traería cambios. Y así fue: a las diez de la mañana llegó una mujer sofisticada y elegante con sus niños, una pequeña de cinco años y un niño de siete. La niña era compañera escolar de las hijas de la arquitecta, pero no fue solamente la información infantil de la niña lo que llevó a la señora al local. La madre vio el anuncio de “Madres en caos” en el chat grupal de la escuela. Los niños llegaron expectantes. —¿Qué sorpresa tenía el r