El silencio en la sala de observación se sentía como el mecanismo de un bomba a punto de estallar.
Don Arturo se había ido, dejando atrás el aroma de un buen puro y una amenaza mortal palpable.
En la habitación, Sebastián seguía de pie, petrificado, mirando a Valentina con una mirada destrozada, mientras detrás del cristal de un solo sentido, Marco parecía inquieto, con las manos siempre cerca del walkie-talkie.
Vale... dime que no lo hiciste susurró Sebastián. Su voz se quebró, no por la ira