La luz del sol de la tarde atravesaba los cristales triples de la ventana del ático de los Valderrama, dibujando formas geométricas sobre el cálido suelo de madera de roble.
En esa estancia, la rígida actividad corporativa había dado paso a una sincera calidez hogareña.
Valentina estaba sentada en un sofá de terciopelo, observando cómo Mateo se esforzaba por mantenerse de pie, agarrado al borde de la mesa de centro.
Valentina solo había podido imaginar el crecimiento de su hijo en la soledad