El amanecer se abría en el horizonte oriental de Bogotá con una magnífica gama de colores violáceos y rojizos, como si el cielo mismo estuviera pintando el telón de fondo perfecto para este día histórico.
En la residencia principal de los Valderrama, el silencio de la noche daba paso poco a poco a una actividad elegante y ordenada.
Valentina despertó no por el sonido de una alarma, sino debido a una sensación de paz inmensa que llenaba su pecho.
Se quedó de pie en el balcón de su habitación,