Las enormes puertas de roble de la Catedral Primada de Bogotá se abrieron lentamente, recibiendo la brisa matutina y el aroma de miles de lirios blancos que adornaban cada rincón del altar.
La luz del sol se filtraba a través de los vitrales de colores, creando un espectro luminoso que caía justo sobre el largo pasillo que conducía al presbiterio.
Allí, bajo la mirada de miles de personas desde altos funcionarios del Estado hasta los habitantes más humildes de San Vicente, estaba Valentina.
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