El sol de la mañana brillaba con una luz dorada y cálida sobre Bogotá, atravesando los amplios ventanales de la nueva oficina de Valentina, situada en la planta más alta del hospital.
En las paredes de ese despacho ya no colgaban frías distinciones corporativas, sino fotografías de la pequeña clínica donde ella había vivido recluida, y retratos de su difunto padre, que sonreía con orgullo.
Valentina permanecía de pie junto a la ventana, bebiendo un poco de té caliente mientras miraba hacia ab