La luz azul de los monitores se reflejaba en los fríos ojos de Valentina.
El punto rojo en Cartagena parpadeaba, como si fuera el latido del corazón de Isabella, agonizante pero aún lleno de veneno.
Valentina recostó su espalda en el cómodo sillón, ignorando el dolor punzante que a veces atravesaba su útero.
A su lado, Sebastián permanecía erguido, con los puños tan apretados que sus nudillos se habían puesto blancos.
"No estoy de acuerdo, Vale. Esto es demasiado peligroso", dijo Sebastián c