Las luces de la ciudad de Bogotá se veían desde las alturas como un campo de diamantes fríos, pero para Valentina, aquel era un campo de batalla que la llamaba de nuevo.
Dentro de la cabina insonorizada del helicóptero, abrazaba a Mateo, que dormía profundamente envuelto en una chaqueta de seguridad demasiado grande para su pequeño cuerpo.
Las manos de Valentina ya no temblaban. Las náuseas y los calambres en su estómago aún estaban allí, pero los había empujado al rincón más profundo de su c