El rugido de las hélices de los helicópteros sobre la cabaña de La Cumbre ya no era solo un fondo sonoro; era la señal de guerra.
Los focos de los aparatos barrían los pinos, proyectando largas sombras que bailaban sobre las paredes de madera de la cabaña.
Valentina permanecía inmóvil en medio de la habitación, sus manos aún apoyadas en la tecla Enter de su laptop.
Los datos de la contaminación del Alpha-0 ya habían llegado a los servidores de los medios nacionales con la ayuda de Sofía.
Ya