El rugido del motor de la moto todo terreno rompió el silencio del bosque montañoso envuelto en niebla.
Valentina manejaba su vehículo con las últimas fuerzas que le quedaban, sus manos apretaban el manillar hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Detrás de ella, los disparos que resonaban en la cabaña La Cumbre comenzaban a desvanecerse, pero el miedo por la seguridad de Sebastián seguía golpeando su pecho como un martillo neumático.
"No mires atrás, Vale. No mires atrás," se murmuró