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Entre el veneno y su cura, hay un territorio llamado agonía.

El monitor cardíaco emitía pitidos irregulares mientras el doctor Hernández trabajaba con manos expertas sobre el cuerpo inmóvil de Catalina. Las luces fluorescentes del hospital privado creaban sombras duras en su rostro concentrado, cada línea de expresión revelando la gravedad de la situación.

—Presión arterial cayendo —anunció la enfe

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