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Algunas deudas solo pueden pagarse con la moneda más cara—el tiempo que nos queda.

Viktor Sokolov comprendió esta verdad cuando despertó por quinta vez en treinta y seis horas y el dolor en su abdomen no había disminuido ni un milímetro. La morfina circulaba por sus venas con la regularidad de un metrónomo—cada cuatro horas, exactamente—pero el alivio que proporcionaba era comparable a intentar apagar un incendio forestal con

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