Capítulo 39.
El tiempo en el hospital parecía avanzar de otra manera. Ya no eran aquellas horas eternas de incertidumbre y miedo, sino días que transcurrían con una calma inesperada. Armando iba recuperándose poco a poco, y con cada latido suyo yo volvía a respirar.
Me había instalado prácticamente en la habitación. Una maleta pequeña en la esquina, mis cosas esenciales en una mesita, y la bata de hospital que me convertía en una sombra discreta entre médicos y enfermeras. Era mi lugar. No me importaba el cansancio ni las noches en vela. Él era mi prioridad.
Armando estaba más animado, aunque aún débil. A veces se quejaba del dolor en el pecho, pero siempre que me veía preocupada, me regalaba esa sonrisa torcida que me desarmaba.
—Deja de mirarme como si estuviera a punto de morirme, Valeria —bromeaba, con la voz aún ronca.
—No es gracioso —le respondía, frunciendo el ceño. Luego me acercaba a arreglarle la almohada o darle agua con la pajilla—. Y no me hagas enojar, porque si te agitas, los punto