Capítulo 09.
El despacho permanece en calma, interrumpido solo por el suave ruido del televisor. Mis manos tiemblan mientras sujeta la taza de té que Ana me ofreció hace un rato; aún no la he probado. La imagen de Esteban parada en la pantalla me hiere profundamente. Su voz aún resuena en la habitación como un veneno amargo.
Sollozo y me tapo el rostro.
—No puedo, Adrián… —digo en un susurro, con la garganta tensa—. No quiero oír más.
El abogado se acerca y me aprieta el hombro.
—Valeria, sé que es difícil.