AURA.
El momento de paz se hace añicos en cuanto las puertas de cristal del lobby se abren. Siento cómo se me hiela la sangre, pero no por miedo, sino por una furia sorda que me sube desde el estómago.
Allí, parados en medio del vestíbulo como dos depredadores disputándose una presa, están ellos. Christopher, impecable en su traje oscuro, con esa elegancia letal y la mirada fija en mí; y Marcus, con la mandíbula tensa, las manos en los bolsillos de su gabardina y esa placa que cree que le da de