CRHIS.
—¡Me decía que era nuestro secreto! —grita contra mi camisa, empapándola con sus lágrimas—. ¡Decía que si te contaba, tú tendrías que matarlo y terminarías en la cárcel, y yo me quedaría sola con él para siempre! Decía que yo era su "niña especial" y que tú estabas demasiado ocupado para quererme como él lo hacía.
—¡Hijo de puta! —el insulto escapa de mis labios como bilis—. ¡Maldito sea!
La abrazo con una fuerza que roza lo doloroso, tratando de absorber su sufrimiento. Mi mandíbula está tan tensa que siento que los dientes se me van a pulverizar. La rabia que sentía antes no era nada comparada con este fuego negro que ahora me corre por las venas. Mi tío no solo cometió crímenes; profanó la inocencia de mi propia hermana mientras ella aún llevaba libros de escuela en la mochila.
—Ya está, Amaral —le susurro al oído, mientras la acuno en el suelo de la habitación—. Ya está. El secreto se acabó. No tienes que tener miedo nunca más. Estoy aquí.
Me quedo así, abrazándola en el su