INTROMISION

CRHIS.

Ella no me escucha. Sus ojos están desorbitados, fijos en algún punto invisible de la puerta de acero que nos separa de la libertad. Sus uñas se clavan en su propio cuello, arañando la piel, buscando un paso de aire que su cerebro le dice que ya no existe. El sonido de su hiperventilación es un eco desgarrador en este cubo de dos por dos.

—No... no hay... se acaba... —logra articular entre jadeos. Está empapada en sudor frío.

Le agarro las manos con fuerza, apartándolas de su cuello antes de que se haga daño. Sus dedos están helados, temblando con una violencia que me sacude hasta la médula.

—Escúchame bien —le ordeno, bajando el tono de voz a un susurro ronco, autoritario pero cargado de una urgencia que nunca muestro—. Mírame a los ojos, Aura. No mires las paredes, no mires el techo. Mírame a mí. Solo existo yo.

Forzo su rostro hacia el mío. Cuando sus ojos finalmente encuentran los míos, veo un terror tan primario que me quema. Es el mismo miedo que vi en Amaral, el mismo qu
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