CRHIS.
Ella no me escucha. Sus ojos están desorbitados, fijos en algún punto invisible de la puerta de acero que nos separa de la libertad. Sus uñas se clavan en su propio cuello, arañando la piel, buscando un paso de aire que su cerebro le dice que ya no existe. El sonido de su hiperventilación es un eco desgarrador en este cubo de dos por dos.
—No... no hay... se acaba... —logra articular entre jadeos. Está empapada en sudor frío.
Le agarro las manos con fuerza, apartándolas de su cuello ante