CRHIS.
Han pasado dos días. Cuarenta y ocho horas desde que dejé a Roth encadenado a su propia miseria, pudriéndose lentamente en la oscuridad de esa cabaña mientras las ratas empiezan a impacientarse. El silencio de ese lugar es el único que me da paz, pero aquí, en la cima de mi edificio en Liverpool, tengo que interpretar el papel de mi vida.
He desplegado una cortina de humo perfecta. He contratado a un detective privado, un tipo llamado Vargas que sabe exactamente cuándo mirar hacia otro l