AURA.
El frío de la mañana me golpea el rostro en cuanto bajo del auto, haciendo que la inflamación en mi mejilla pulse con un dolor sordo. Estoy de pie frente al imponente edificio de la comisaría, ese lugar que debería ser sinónimo de seguridad y que hoy me parece un nido de lobos. Ajusto el cuello de mi abrigo, consciente de que mi rostro es ahora la evidencia más clara de que la justicia que ellos predican tiene grietas profundas.
Christopher rodea el coche y se coloca a mi lado. Su presenc