CRHIS.
El frío de las cinco de la mañana se filtra por los ventanales de la mansión, tiñendo los pasillos de un gris azulado y espectral. No he dormido más de dos horas. La adrenalina de la pelea y el calor de Aura todavía vibran en mi memoria, pero la oscuridad que despertó el nombre de mi tío Roth ha tomado el control absoluto de mi cuerpo.
Me observo en el espejo del vestidor. Mis nudillos están hinchados, amoratados, un mapa de la violencia de anoche. Me quito las vendas viejas y, con una precisión gélida, envuelvo mis manos en unas nuevas, limpias, antes de ponerme una camisa negra y un traje a medida. Hoy no soy el empresario que firma contratos; hoy soy el hombre que viene a cobrar una deuda de sangre.
Antes de salir, camino con pasos silenciosos hacia el ala de los dormitorios.
Abro la puerta de la habitación de Amaral apenas unos centímetros. La luz tenue del amanecer ilumina su rostro tranquilo mientras duerme, ajena a la tormenta que estoy a punto de desatar. Al verla tan p