Cuando la última nota del vals se desvaneció en la noche, tomé la iniciativa. Le puse una venda sobre los ojos y susurré:
—Ahora me toca a mí sorprenderte.
—¿Vanesa? —preguntó, con una sonrisa en la voz—. ¿Qué estás tramando?
—Confía en mí.
Lo guié por la cubierta, bajando las escaleras hacia el interior del yate. Mis manos temblaban ligeramente, pero mi corazón latía con una certeza que no había sentido en mucho tiempo. Cuando llegamos frente a la puerta del camarote, respiré hondo y la abrí.