La mañana amaneció radiante, con un sol dorado que se filtraba a través de los ventanales de la mansión. El aroma a café recién hecho y a pan tostado llenaba la cocina, donde los niños ya estaban despiertos, saltando de emoción alrededor de la mesa.
—¡Mamá, hoy es el día! —gritó Alessandro, con los ojos brillantes de ilusión—. ¡Vamos al parque de diversiones!
—Sí, cariño —respondí, riendo mientras colocaba los platos sobre la mesa—. Pero primero hay que desayunar.
—¡Yo quiero panqueques! —excla