La tarde se deslizaba sobre la mansión como un susurro de seda. Desde mi habitación, observaba cómo el sol se hundía lentamente en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados que parecían pintados exclusivamente para aquella noche.
Mis manos temblaban ligeramente mientras alisaba el vestido que Beatriz había ayudado a elegir. No era un vestido de gala, ni un diseño de diseñador que Rowan hubiera mandado comprar. Era un vestido sencillo, color marfil, que caía hasta el suelo con u