Las palabras del jefe de escoltas quedaron flotando en el aire del estudio como esquirlas de cristal. El silencio que siguió fue abrupto, violento y desgarrador. Vanesa sintió que las piernas le fallaban; la habitación entera pareció girar a su alrededor mientras el rostro de su pequeño Alessandro de cinco años, con sus ojitos brillantes y su sonrisa inocente, parpadeaba en su mente.
—No... mi bebé no —susurró, con la voz ahogada en la garganta.
El dolor mutó instantáneamente en una furia impla