La mañana siguiente amaneció con un sol tímido que se filtraba a través de los ventanales de la mansión. El sobre con las fotografías seguía sobre la mesa del despacho de Rowan, y yo no podía apartar la mirada de él. Cada vez que cerraba los ojos, veía las imágenes: nosotros bailando en el crucero, Lysandra en el restaurante, la prueba irrefutable de que todo había sido una mentira.
Pero también veía el sello suizo. Y la pregunta que no me dejaba dormir: ¿quién había enviado esas fotos?
Rowan e