La mañana siguiente amaneció gris y fría, como si el cielo reflejara la tormenta que se había desatado en mi interior.
Me desperté con el sabor de sus labios aún quemando en los míos. Cada vez que cerraba los ojos, veía su rostro, sentía el calor de sus manos en mi cintura, escuchaba su voz ronca susurrando mi nombre.
"No voy a dejar que el miedo nos separe."
Las palabras resonaban en mi cabeza como un eco persistente. Y yo, estúpida de mí, no podía dejar de sonreír.
Bajé a desayunar con el cor