El motel apestaba a humedad y desesperación. Lysandra llevaba tres días encerrada en aquella habitación, con las cortinas corridas y el teléfono apagado. No podía soportar la luz del sol. No podía soportar el sonido de su propia respiración.
Había perdido todo.
Su posición. Su dinero. Su hijo. Rowan.
Y lo peor de todo: sabía que Vanesa Hayes estaba ocupando el lugar que le pertenecía.
—No voy a rendirme —susurró, con los puños apretados—. No después de haber llegado tan lejos.
Tomó el teléfono